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16 septiembre 2018

MARÍA DE MAGDALA (2) - FRANK G. SLAUGHTER (2)

MARÍA DE MAGDALA
(THE GALILEANS)
Editorial Planeta 1968
libros RENO
N.º 278
Portada de ALVARO

- Solapa del libro -

"Bella, seductora, condenada por los que se ufanaban de servir a Dios, María de Magdala bailaba en las calles de Tiberíades. Así la conoció José de Galilea, el brillante y joven médico que la amaba. Y así la conoció, también, Cayo Flaco, oficial romano emparentado con Poncio Pilato. María recibió pronto la orden de bailar en la Corte, donde Flaco la retuvo prisionera, hasta que pudo huir ayudada por José. Estuvo presente cuando la hija de Jairo resucitó, cuando la multiplicación de los panes y los peces, cuando la traición de Judas, cuando la acusación de Caifás, cuando el juicio ante Pilato, cuando la Crucifixión...
Atraído por una de las figuras bíblicas más apasionantes, Slaughter ha escrito una de sus más sugestivas novelas."

PREFACIO
"De todas las mujeres que aparecen en las páginas de la Biblia, existen pocas que hayan despertado tanto interés como María de Magdala, a quien en general se conoce por María Magdalena.
[...] Ésta es, pues, la historia de aquella María de Magdala y de sus amigos los galileos, que abandonaron su hogar, sus quehaceres, su seguridad y sus parientes para seguir a un Hombre que predicaba una nueva doctrina que afirmaba que cada cual, individualmente -blanco o negro, amarillo o rojo, santo o ladrón, pobre o rico-, es importante a los ojos de Dios.
Es asimismo la historia de cómo aquellos galileos llegaron progresivamente a saludar a su Maestro con el nombre de Cristo, mientras que María Magdalena parece como si, desde el primer momento, hubiera sabido «Quién» era, en realidad, Jesús.
Muchas son las leyendas de la mujer de Magdala que, a través de los siglos, han llegado hasta nosotros.  
F. G. Sl.

A modo de explicación
(El día que comencé a leer esta María de Magdala, de Frank G. Slaughter)
Habíamos quedado las amigas en la Plaza Mayor, en la puerta de la Librería Hijos de Santiago Rodríguez. Entraríamos y aprovecharíamos para echar un vistazo a los libros. Nos encantaba mirar las novedades que tenían en el expositor giratorio de Plaza y Janés, ir sacando de su lugar los ejemplares que llamaban nuestra atención, y leer sus contraportadas. Si llegábamos a comprar, teníamos la seguridad de -luego- intercambiarnos las obras adquiridas y comentar ampliamente sus páginas.
Pronto, como en otras ocasiones, los personajes de las lecturas, formarían parte de nuestras conversaciones, como si fuesen viejos conocidos.

Decidido. Me llevaba la María Magdalena, siendo de Burgos, tenía que llamarnos la atención todo lo escrito, después de haber oído su historia desde niños, y haber contemplado el cuadro en la Catedral.
(imagen escaneada de TODO BURGOS- Ed. Escudo de Oro, S.A.)
..."Son muchas las joyas que se encuentran en la capilla y entre ellas está  el cuadro de la Magdalena obra de Giovan Pietro Rizzoli, apodado Giampietrino, que fue discípulo de Leonardo da Vinci"
(texto de Burgospedia
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Hablaremos, en entradas sucesivas, de cómo vieron esta pintura estudiosos de arte y escritores, tales como: José Sánchez Rojas, Eduardo de Ontañón, José María Zugazaga, ...
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Para saber más del cuadro de La Magdalena:
.- Diario de Burgos - 11/09/2011
.- Diario de Burgos - 25/02/1911:pág.2
.- Diario de Burgos - 27/02/1911:pág.2
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08 febrero 2017

RINCONETE Y CORTADILLO- NOVELAS EJEMPLARES



LAS MUJERES DE CERVANTES (1916)
José Sánchez Rojas
Capítulo 'LA GENEROSA' pp.41 a 46
"Al volver, que volvió, Monipodio, entraron con él dos mozas, afeitados los rostros, llenos de color los labios y de albayalde los pechos, cubiertas con medios mantos de anascote, llenas de desenfado y desvergüenza: señales claras por donde, en viéndolas Rinconete y Cortadillo, conocieron que eran de la casa llana; y no se engañaron en nada"
(Cervantes.- Rinconete y Cortadillo)
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El profesor Ojeda
en su Blog 'La acequia',

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LA GENEROSA
Las mujeres de Cervantes, pp.41 a 46 
Sevilla, casas blancas, cielo azul. El río, ancho y navegable, lleno de galeras y con gente de flota. «Casa no muy buena, sino de muy mala apariencia.» Patio enladrillado, reluciente y limpio; patio de Monipodio. Entremos, amigos, en esta cueva de malandrines, descuideros, bravos, ladrones y mujeres de casa llana. Pronto ha de recibirnos el ministro mayor de tan esclarecida cofradía. Mientras llega el besamanos curioseemos atentamente el palacio peregrino; Miguel de Cervantes nos servirá de guía.
En un lienzo del patio enladrillado hay un banco de tres patas; frente al banco, un cantarillo descascarillado con un jarro encima. Una estera de enea cubre el centro del patio y sobre la estera luce una maceta de albahaca.
El patio se comunica con dos salas bajas, singularmente alhajadas y adornadas. Dos espadas de esgrima y dos broqueles de corcho cuelgan de cuatro clavos de la pared; un arca grande sin tapadera se divisa en un rincón; unas esteras desportilladas y harto sutiles y transparentes decoran el pavimento. Y para que lo religioso se mezcle y se confunda suavemente con lo profano, hay en la pared, frontera a la de los clavos, una imagen de Santa María, tosca, vulgarota, «destas de mala estampa», y debajo una esportilla de palma.  Junto a ella, encajada en el muro, se destaca una jofaina o almofía blancuzca. La esportilla parece un cepo de limosna, y sospechamos que la almofía hace las veces de pila de agua bendita, para que mojemos la yema de los dedos, antes de impetrar auxilio de la misericordia de la dulcísima Madre de Dios.
Mientras nosotros hemos curioseado el extraño aspecto de esta casita, han entrado en ella dos mozos vestidos de estudiantes, dos devotos, un ciego, dos espantapájaros con gafas, una vieja halduda, dos bravos de mostachos terribles y el velludo, cejijunto y barbinegro Monipodio. Todos estos tipos extraños han prescindido de nuestra presencia y no se han dignado cambiar con nosotros saludos ni reverencias. Después, jadeante y sin aliento, ha entrado en el patio un muchacho ágil, de mirada viva e inteligente, previniendo a la respetable comunidad de la sorpresa que parece prepararles el alguacil de vagabundos. 
Pero he aquí dos mozas de rompe y rasga, llamativas, alegres, jacarandosas y burlonas, que nos salen al encuentro con algazara. Llevan «afeitados los rostros, llenos de color los labios y de albayalde los pechos». Correspondiendo a nuestro saludo, nos llaman morenicos y gentiles. Las mozas nos dicen que responden por la Generosa y la Escalanta, y nosotros las consideramos, desde luego, como ornamento y flor del mujerío llano y sin pretensiones en la alegre y desenfadada Sevilla.


La  Sevilla del siglo XVI, el Puerto de Indias en el río Guadalquivir

La Generosa es mejor moza que la Escalanta; fijémonos en ella, que no es damisela que rehuya miradas atrevidas ni se ofenda de requiebros equívocos.
La Generosa tiene hermosos ojos negros, llenos de desvergüenza y alegría; se cubre con medio manto de anascote; habla ceceosa, atropelladamente. Lleva los rollizos brazos al aire, adornados de cardenales y de otras manchitas verdinegras y rojas, y al aire lleva también otras prendas desarrolladas y elásticas, que son mejor para adivinadas que para vistas. La cara es morena, negros y ensortijados los cabellos, la voz áspera y quebradiza, y los ademanes resueltos y muy vivos.
No conoce encogimiento ni timidez la Generosa. Se acaricia los cabellos constantemente con la diestra, juega con arrogancia los brazos, y los ojos, en constante movimiento, acentúan o desvanecen la intención de los vocablos de la moza.
La Generosa, después de cambiar con nosotros breves palabras, se ha dirigido con los brazos abiertos a uno de los bravos, acariciándole y festejándole entre burlas y veras. No nos sorprendemos; aquí, en el patio de Monipodio, nadie se sorprende de nada, y escuchemos las risas de la buena moza, que quiere yantar con tan agradable compaña.
Por el patio se ha extendido la esterilla de la sala, a guisa de mantel. Los ladronzuelos y las mozas se han sentado en derredor de la estera. Una bota de vino ha surgido de las entrañas de una canasta mágica, y la vieja halduda ha besado con todo reposo la cazoleta de la bota, mientras la Generosa, silenciosamente, va embaulando en su estómago cangrejos y más cangrejos, camarones y más camarones, sin olvidarse de regalar a su bravo de turno aceitunas y tajadas de bacalao.
El yantar se ha interrumpido bruscamente.
Una furia del infierno, de cara picada y variolosa, deslenguada y afrentosamente fea, entra en el patio diciendo de su galán ausente que es un desuellacaras, ladrón, piojoso y otras lindezas. Gran algarabía entre las mozas; la Generosa, haciendo guiños a su bravo, tan pronto se burla como parece compadecerse de la Cariharta, que tal es el nombre de la recién llegada.
Presto se declara partidaria la Generosa de los amantes que ventilan a golpes sus diferencias de amor; su tristeza pasiva de ramera -a pesar de la alegría atropellada y violenta en que quiere atrincherarse- confunde las coces con las caricias y las ternezas con los castigos. La Generosa ama en el hombre la fuerza, la energía, la sequedad afectiva, el arranque primerizo, la iniciativa tal vez, y en su triste oficio gusta de los golpes, que ellos embotan el espíritu y adormecen la conciencia.
Continúa el banquete. No cesa de comer la Generosa, sabedora de que el hambre hace más estragos en las mozas que la misma liviandad. Va cediendo el enojo de la Cariharta; llega el amante de la enojada moza; la Generosa envidia acaso el sino de su compañera que ya prepara la reconciliación. Estómagos hartos; danza. La Escalanta se descalza un chapín, tañendo en él como en un pandero; la Generosa, luego de acariciarse sus cabellos fuertes y ensortijados, rasga una escoba de palma, acompañando al tañido seco y rápido de un chapín; los bravos se solazan; la Cariharta -¡oh, las querellas de las mozas del partido!- ya se hocica con su amor; Monipodio, con grave continente, lleva el compás de la contradanza, y todo es ruido, estrépito y bullicio en esta famosa mansión de la hidalguía. 
La Generosa tira la escoba. Escupe. Pone los brazos en jarras. Oye requiebros bárbaros y los devuelve con la natural desvergüenza. Echa hacia atrás su medio manto de anascote y canta con el mismo ritmo de la Escalanta:
Por un morenito de color verde
¿cuál es la fogosa que no se pierde?
Risas, chancetas. Todos sabemos que la Generosa se pierde por cualquiera. Por un morenico aceitunado. Por un rubio con bigotillos de azafrán. Por un barbilampiño de los muchos que en esta alegre ciudad de Sevilla cambian de cortejo con más frecuencia que de camisa. Por un bravucón de mostachos fieros y cejas cerdosas, mandíbulas terribles y hocico saliente. Por un barbilindo de voz atiplada y ademanes mujeriles. ¡Zape! Todos sabemos que la Generosa se pierde por cualquiera.
¡Pobre Generosa! Las tajadas de bacalao frito, las aceitunas, los camarones, el vino trasañejo de Guadalcanal han hecho áspera y quebradiza tu voz; el albayalde y los afeites han acartonado tus pobres carnes de cortesana; el trato de los bravos, la tutela de Monipodio, las burlas y los golpes con que responden a tus caricias fingidas y automáticas, los Maniferros, Chiquiznaques y Repolidos de toda laya, te han convertido en bestia pasiva, en mula de carga, que no sabe quejarse y que suspira por la tralla del arriero.
Sevilla, casitas blancas, jirones de cielo intensamente azul. Sevilla, prado de San Sebastián rumoroso y alegre, río ancho y navegable lleno de galeras y con gente de flota, manchones cárdenos de olivares, torre graciosa de la Giralda, celosías y ventanas adornadas de flores. Descuideros, ladrones, mozas de partido; la Generosa cantando seguidillas desvergonzadas…Miguel de Cervantes pasó días amargos, tristísimos, en Sevilla; la tradición nos cuenta que un buen hombre del pueblo, que un excelente mesonero, fue el más desinteresado y fiel amigo de Cervantes. Aquí, en estas agudísimas páginas de Rinconete y Cortadillo, volcó Cervantes toda su amargura de escritor trashumante y andariego. Toda España era un patio como el de Monipodio; los Chiquiznaques y las Carihartas, los Maniferros y las Escalantas, los Repolidos y las Generosas, mostraban, por todas partes, la carroña de su desvergüenza y osadía. Advertid también que las tajadas de bacalao frito, las naranjas, las sabrosas aceitunas, mueven a Cervantes a exclamaciones de gozo...”
A modo de comentario
He hecho la transcripción del texto completo, de José Sánchez Rojas, dedicado a las mujeres que aparecen en 'Rinconete y Cortadillo'.
Podemos ver, -como apuntaba Gerardo Nieto, en su Blog Entre el Tormes y Butarque-,  que el escritor albense publicaba sus textos haciendo ligeras variaciones. 
Por ejemplo, en el último párrafo de los artículos en prensa de EL HERALDO DE MADRID, y de 
LA ESFERA, el texto de 1916 aparecía convertido en presente de 1922 y 1924: 
[...]" Toda España era y es un patio como el de Monipodio; los Chiquiznaques y las Carihartas, los Maniferros y las Escalantas, los Repolidos y las Generosas, mostraban y muestran, por todas partes, la carroña de su desvergüenza y osadía. ¡Advertid también que las tajadas de bacalao frito, las naranjas, las sabrosas aceitunas, mueven a Cervantes, el hambriento, a exclamaciones de gozo!”


(Dibujos de Marín)

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Para saber más de José Sánchez Rojas:


Blog 'Entre el Tormes y Butarque'
(manuscrito de 'La Generosa')
'Las mujeres de Cervantes'
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y siguiendo las Etiquetas en este mismo Blog.


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02 febrero 2017

LA ESPAÑOLA INGLESA-NOVELAS EJEMPLARES


En la fotografía:
Novelas ejemplares
Ediciones Altaya-1994
La española inglesa
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Las mujeres de Cervantes -1916
Autor: José Sánchez Rojas
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Copio de Wikipedia
"La española inglesa es una obra literaria de Miguel de Cervantes Saavedra. Se trata de una novela bizantina que se publica en 1613, en el conjunto de doce novelas cortas escritas entre 1590 y 1612 que componen las Novelas ejemplares, bajo el título general de Novelas ejemplares de honestísimo entretenimiento."
"La española inglesa narra el rapto de Isabela, uno de los despojos que los ingleses llevaron de Cádiz, y la captura de Ricaredo por los turcos. La novela es la historia de sus repatriaciones geográficas y religiosas, de la devolución de Isabela a sus padres verdaderos y de la reunión de los jóvenes amantes al final de la novela."


A modo de comentario
He transcrito completo el capítulo que José Sánchez Rojas, en su libro de 1916 'Las mujeres de Cervantes' ,  dedica a Isabela, personaje de 'La española inglesa'.    



“Estúvola la reina mirando por un buen espacio sin hablarle palabra, pareciéndole, como después dijo a su camarera, que tenía delante un cielo estrellado, cuyas estrellas eran las muchas perlas y diamantes que Isabela traía; su bello rostro y sus ojos el sol y la luna, y toda ella una nueva maravilla de hermosura.” (CERVANTES.- La Española Inglesa.)
Este párrafo, es el que José Sánchez Rojas escogió para iniciar el capítulo que en su obra 'Las mujeres de Cervantes' (1916), dedicó a la recreación del personaje Isabela (que el escritor albense gusta denominar Isabelita, como a Ricaredo-Recaredo y a Arnesto-Ernesto.  )
pp.59 a 65 "A todas horas piensa en su novio Isabela, Isabelita, que antes de dos años ha de recibirle por esposo y señor natural de su albedrío. La belleza de Isabelita, tan lozana, tan fresca, tan ingenua, aumenta por instantes.
Así como los grandes quebrantos del entendimiento rinden y deforman el cuerpo, apagan el fulgor de los ojos y arrugan y marchitan la piel, así también la esperanza del amor, el constante y no interrumpido pensamiento sobre el objeto amado, el deleite anticipado de la ventura soñada, convierten lo feo en hermoso y lo hermoso en hermosísimo. No hay muchacha más linda que Isabelita, que lleva los amores en el semblante y la ventura en el pecho.
En presencia de la reina de Inglaterra, la niña gaditana da de sí “la más hermosa muestra que pudo caber en una imaginación”. "Era la sala del trono-continúa Cervantes- sala grande y espaciosa, y a dos pasos se quedó el acompañamiento y se adelantó Isabela; y como quedó sola, pareció lo mismo que parece la estrella, o exhalación, que por la región del fuego en serena y sosegada noche, suele moverse, o bien ansí como rayo del sol, que al salir del día, por entre dos montañas se descubre. Todo esto pareció, y aun cometa, que pronosticó el incendio de más de un alma de los que allí estaban, a quien amor abrasó con los rayos de los hermosos soles de Isabela.”
La metáfora de los rayos nos hace sospechar que son dorados y rubios los cabellos de Isabelita y que sus ojos despiden el más vivo y mágico fulgor que puede describirse.
Lindamente ataviada y compuesta se muestra Isabelita en público. La protección de Clotaldo y Catalina, nobles señores del Reino Unido, el cariño y afecto entrañables que sienten hacia Isabelita han aumentado ante la pasión de amor que la profesa el hijo de ambos, Recaredo. 
Repasad estas extrañas páginas de La Española Inglesa; asistid al juramento de amor de Isabela y Recaredo; releed la insólita manera de tornar a ver la niña a sus padres, después de larga ausencia; venid con ellos a Sevilla; seguid sus pasos hasta el momento en que se muestra solícita y liberal la fortuna con Isabelita.
Isabelita vive en Sevilla junto al convento de Santa Paula. Hay junto al convento una plazoleta silenciosa y tranquila; hasta casa de Isabel llega el rumor de los cantos nasales y monótonos de las monjitas. En el convento vive una prima de Isabel; no hay monja de voz más peregrina y deliciosa que la prima. A todas horas platican las dos parientas; de deliquios místicos y de purísimos arrobos la esposa del Señor, de sus amoríos y esperanzas Isabelita. Nunca atraviesa nuestra doncella el río, ni pasea por Triana, ni se confunde con las gentes en la puerta de Jerez; su contentamiento está dentro de ella misma y no hay placer más sabroso que el de rumiar para adentro la callada dicha.
Isabelita espera al caballero inglés que ha de ser su marido; cuenta los meses, los días que faltan para expirar el plazo; no comunica sus esperanzas sino a su prima.
El amor hermosea cada vez más el rostro de Isabelita. La tranquilidad de su espíritu se espeja a maravilla en los ojos negros y dulces, en la suavidad y sosiego de sus maneras, en la dulzura de su voz y en el despejo y viveza de su mente. Cuanto más huye Isabelita de los requiebros y cortejos de la gente moza de Sevilla, más se empeñan los galanes en festejarla con músicas y otros amorosos pasatiempos.
Recaredo, su novio, no le escribe; año y medio ha transcurrido ya de ausencia. El corazón de Isabelita comienza a sobresaltarse ante la fatiga de la esperanza. La niña urde los más extraños pretextos para justificar la ausencia del que ha de ser su esposo; cuando llegue a Sevilla Recaredo, Isabelita le reñirá para perdonarle en seguida. Deleitoso ha de ser el noviazgo que preceda a la boda de nuestros amigos. Y en los momentos en que la fe quiebra ante la duda y la desesperanza, Isabelita se llega a la iglesia de Santa Paula, y postrada de hinojos ante un Cristo amoratado y llagado, pídele consuelo para sus cuitas y pronto remedio para los males de amor que abrasan y destrozan el corazón de la doncella.



La Española Inglesa
 (pág.65) Pintura de Mas y Fondevila

Un mensajero llega de Londres a Sevilla con una carta de Catalina, la madre de Recaredo. Temblando la coge Isabelita entre sus manos. Recaredo ha muerto en Italia, a manos del conde Ernesto, un pretendiente despechado de Isabelita. Serenamente recibe la noticia la doncella; haciendo un esfuerzo sobrehumano, sin derramar una sola lágrima, entra en su oratorio, se postra de hinojos ante una imagen y hace voto y promesa de ser monja.
Ha comenzado ya sus ejercicios y devociones la doncella; ahora ya no sale del monasterio de Santa Paula, Isabelita; con la prima platica del divino amor.
Ha llegado el momento de tomar el hábito; Isabelita se viste para honrar sus desposorios celestiales con su traje más rico; lleva la saya entera de raso verde acuchillada con que se presentó a la reina de Inglaterra; forrada de oro está la saya. Unas eses de perlas señalan las cuchilladas de su vestido. La puerta del monasterio está llena de gente principal y rica, invitada a presenciar la ceremonia. Isabelita sale de su casa acompañada de los padres, parientes y amigos. Al abrirse las puertas del monasterio y aparecer las monjas con sus tocas, un cautivo trinitario detiene la comitiva. Es Recaredo, el prometido de Isabelita, que no ha muerto en Italia, sino sufrido cautiverio de los moriscos. Se conocen ambos jóvenes, y la toma de hábitos se trueca en desposorios.
Se ha casado Isabela, Isabelita. El Cristo amoratado de las llagas sanguinolentas y de los ojos vidriosos ha perdonado la defección de la doncella. Recaredo renuncia las brumas espesas de su país y vive en Sevilla con su esposa. La ausencia, los extraños sucesos de su cautividad hacen más deleitosa la ventura de Recaredo. Isabelita ha tornado a arrodillarse a los pies del Cristo que venera en su oratorio. Los ojos vidriosos del buen Jesús dijérase que se han iluminado de un fulgor extraño de dulzura. El buen Jesús ha vuelto a confirmar su perdón generosamente.
Isabela, Recaredo, Inglaterra, Cádiz, Cervantes...
Estos nombres barajados hallan ecos de evocación en nuestro espíritu. Los nobles Recaredos siguen amando mucho a las lindas Isabelas. Dos siglos después de las aventuras de Isabelita, viene un inglés aventurero e impetuoso a Cádiz a cantar las delicias de las bellas gaditanas. Los ingleses no se han olvidado tampoco de las gentilezas de Miguel. Los conterráneos de Shakespeare tienen cierto aire de parentesco espiritual con nuestro Cervantes. Más que en los llanos de Montiel, ha penetrado Cervantes en los mimosos prados de Escocia, en las brumas del Támesis, en los viejos condados del Reino Unido. Un gesto de piadosa comprensión viene de los mares del Norte hasta la Península, glosando las andanzas del caballero manchego.    
p.64 “Los ingleses –contaba en Argamasilla un morador de la prisión de Cervantes al sutilísimo Azorínentran aquí y se están dando mucho tiempo pensando; uno hubo que se arrodilló y besó la tierra dando gritos. ¿No veis en esto el culto  -continúa Azorín- que el pueblo más idealista de la tierra profesa al más famoso y alto de los idealistas?”(1)

¿Y no es Hamlet hijo de Shakespeare? ¿Y no es Cervantes padre de Don Quijote? ¿Y no son las dudas del pálido príncipe de Dinamarca y los entusiasmos del enjuto caballero de la Mancha el más alto patrimonio de las densas nieblas de Inglaterra y del esplendente sol de nuestra España? " JOSÉ SÁNCHEZ ROJAS (1916) 
(1) Azorín La ruta de Don QuijoteMadrid (1912) (cap. IX-Camino de Ruidera)
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José Sánchez Rojas publicó este texto con el título 'Las mujeres de Cervantes- Isabelita' en:
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Para saber más de José Sánchez Rojas:
Y siguiendo las Etiquetas, con su nombre, en este Blog 



Que buen año es el del cielo 
Intérpretes: Victoria Musicae (Josep R. Gil-Tàrrega)
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19 diciembre 2016

SAN JUAN DE LA CRUZ- JOSÉ SÁNCHEZ ROJAS- M.MARTÍNEZ BURGOS-ANTONIO JOSÉ



Matías Martínez Burgos
San Juan de la Cruz, El Cántico espiritual, según el ms. de las Madres carmelitas de Jaén, Madrid: La Lectura, 1924, muy reimpreso.







CRÓNICAS DE SÁNCHEZ ROJAS - SOBRE SAN JUAN DE LA CRUZ -
EL ADELANTO, 20-11-1924 

«He aquí una preciosa edición de “El cántico espiritual”, de San Juan de la Cruz, tal vez la perfecta y la definitiva que acaba de aparecer al público en la biblioteca de Clásicos Castellanos, de “La Lectura” (de Clemente de Velasco y Compañía, Paseo de Recoletos, 25, Madrid). La edición, anotada y comentada por el catedrático señor Martínez Burgos, es una lección consciente y afortunada del manuscrito que conservan las Madres Carmelitas de Jaén. En las “Obras completas” del Santo, editadas por el P. Gerardo y costeadas por la munificencia de la condesa de Bornos, cuyo testamento dio no poco que hablar a las gentes, se advierten errores de bulto, que desaparecen enteramente en esta reciente y primorosa edición de “La Lectura”.
¿Para qué hablaros de la tarea abrumadora que se ha impuesto el acotador?
No son estas impresiones para eruditos, ni para bibliógrafos. El santito iluminado se sorprendería no poco si advirtiese el cuidado extremo que merecen una rima suya, una mayúscula de su letra grande, pulcra y primorosa. El santito cantaba porque sí, por impulso espontáneo de su corazón enamorado, como cantan los pájaros cuando rompe la luz del alba. Sus oteros, sus lomas, sus montes, sus valles, sus cañadas celestiales, por donde discurren amorosas pastoras y enamorados pastorcitos, son parte de un lenguaje purísimo, limpio de ripios y con el ritmo y la expresión que tendría el amoroso sentir en todos los hombres, si todos los hombres fueran ingenuos e infantiles como el santito de Fontiveros.
Con honda emoción releemos, una vez más, estas páginas inmortales, las más sutiles y encendidas que se hayan escrito nunca en castellano.
Las palabras son lenguas de fuego, que ascienden a lo alto, en espiral; las metáforas no son metáforas en Juan, sino decir corriente y personalísimo, narración natural, medio descriptivo, gráfico y primario, lenguaje de amor, donde la emoción se sobrepone al discurso, borrándole y diluyéndole en polvillo de luz y en lumbre de estrellas:

Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.


¡Ay! Si los italianos tienen “Vita nova”, nosotros, los españoles, poseemos este Cántico espiritual”, canción maravillosa de amor y de ternura, de candor y de ingenuidad, donde la Esposa de los Cantares puede parangonarse con la hija de Portinari, donde las silvas lucen su resplandor junto al de los sonetos:

Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías
allí, tu, vida mía,
aquello que me diste el otro día…


Hojeo la edición en el tren, pasando por Medina, donde San Juan sirvió de enfermero en el Hospital, hacia tierras de Arévalo, donde nació el santito del amor, del caballero toledano Yepes, con la hermosísima Catalina Álvarez, villana de Fontiveros. En la fuerza del día, el sol refulge junto a los trojes. Vislumbro con la imaginación el pueblecito de Fontiveros, y una maravillosa noche del Carmen, noche de julio, que pasé en él, después de horas terribles de propaganda política en Castilla. Las lomas, los oteros, las cañadas, los valles, están allí, en el pueblecito de las fuentes, que manan de noche y a escondidas. Y Juan oyó el rumor de los pinos, en su niñez, y la canción que dice la tierra de Castilla en Agosto, canción de fecundidad, de presentimiento y de promesa. ¡Castilla, madre!
En el tren hojeo esta primorosa edición, camino de Madrid, donde de nuevo me llevan mis afanes, después de una cortísima ausencia de horas. Pasada la alta planicie de Arévalo, oteo los cantos grandes, redondos, formidables, con que se anuncia el Adaja, en Ávila de los Caballeros. La figura de Teresa, alta, morena, con un gracioso lunar en la sotabarba, con los ojos grandes, negros, expresivos y habladores, aparece ante mi corazón. La veo con Juan por los caminos de Castilla.
Una noche, cerca de Madrigal, Juan de la Cruz, rendido de cansancio, queda dormido. Teresa le acoge, amorosa, en sus rodillas. Un frailote tosco y primitivo reprende a la Madre por su desenvoltura. Teresa, encendida por la cólera, le replica graciosa y humildemente:
-Padre mío, ¿dónde cree vuesa merced que pueda dormir mejor un niño que sobre el regazo de su madre?
En aquel momento, Juan oía “el canto del soto y su donaire”, en la serenidad de la noche, sobre el regazo tibio de Teresa. »
Madrid, Noviembre, 1924
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Enlaces: (Para saber más de José Sánchez Rojas):
https://dl.dropboxusercontent.com/u/5892527/Jose_Sanchez_Rojas/SobreSanJuandelaCruz.pdf



A modo de explicación
Del erudito Matías Martínez Burgos -en quien en septiembre de 1936 depositó tanta confianza Antonio José, el músico burgalés-, nos dice Wikipedia en su Biografía que: ... "Su obra más conocida fue una transcripción paleográfica del manuscrito de Jaén del Cántico espiritual (San Juan de la Cruz), 1924."

José Sánchez Rojas, fue un gran conocedor de la obra de Teresa de Jesús. Y ¡cómo no!, también escribió sobre San Juan de la Cruz, siempre atento a todo lo relacionado con estos dos Santos. El artículo transcrito apareció publicado en 'El Adelanto de Salamanca', el 20 de noviembre de 1924. 
Sorprende, cuando se busca información en hemeroteca, cómo -en el pasado-, se encuentran personas relacionadas por escritos, amigos o gustos comunes, siendo de lugares diferentes, y que, a veces pudieron llegar a tratarse.  
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https://www.youtube.com/watch?v=TnvMMZpRKm8
Cántico espiritual, de San Juan de la Cruz /Amancio Prada
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01 diciembre 2016

MIGUEL DE UNAMUNO - NIEBLA (5)

Fotografía de internet
(Todo colección)
Editorial Renacimiento. 1914 - primera edición
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NIEBLA (texto)
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Cap. XIX
[...]"Cuando doña Ermelinda llegó a casa y contó a su sobrina la conversación con Augusto, Eugenia se dijo: «Aquí hay otra, no me cabe duda; ahora sí que le reconquisto.»
Augusto, por su parte, al quedarse solo púsose a pasearse por la estancia diciéndose: «Quiere jugar conmigo, como si yo fuese un piano... me deja, me toma, me volverá a dejar... Yo estaba de reserva... Diga lo que quiera, anda buscando que yo vuelva a solicitarla, acaso para vengarse, tal vez para dar celos al otro y volverle al retortero... Como si yo fuese un muñeco, un ente, un don nadie... ¡Y yo tengo mi carácter, vaya si le tengo, yo soy yo! Sí, ¡yo soy yo!, ¡yo soy yo! Le debo a ella, a Eugenia, ¿cómo negarlo?, el que haya despertado mi facultad amorosa; pero una vez que me la despertó y suscitó no necesito ya de ella; lo que sobran son mujeres.»
[...]"Anunciáronle que una señorita deseaba verle. «¿Una señorita?» «Sí –dijo Liduvina–, me parece que es... ¡la pianista!» «¡Eugenia!» «La misma.»
[...]«Viene a conquistarme, a jugar conmigo como con un muñeco –se dijo–, a que le haga el juego, a que sustituya al otro...» Luego lo pensó mejor. «¡No, hay que mostrarse fuerte!»
[...]«¡A usted, don Augusto, le han engañado lo mismo que me han engañado a mí!» Con lo que se sintió el pobre hombre desarmado y sin saber qué decir. Sentáronse los dos, y se siguió un brevísimo silencio.
[...]–Y así, ¿podremos volver a ser amigos, buenos amigos, verdaderos amigos?
–Podremos.
[...] Volvióse Augusto, entró al gabinete, y al ver a Rosario allí de pie, con la cesta de la plancha, le dijo bruscamente: «¿Qué hay?»
–Me parece, don Augusto, que esa mujer le está engañando a usted...
–Y a ti ¿qué te importa?
–Me importa todo lo de usted.
[...]–La verdad es, chiquilla, que no te entiendo.
[...]–Como usted quiera. Pero fíese de esta chiquilla; fíese de... la Rosario. Más leal a usted... ¡ni Orfeo!
[...]Y se despidieron.
Y al quedarse solo se decía Augusto: «Entre una y otra me van a volver loco de atar... yo ya no soy yo...»
–Me parece que el señorito debía dedicarse a la política o a algo así por el estilo –le dijo Liduvina mientras le servía la comida–; eso le distraería.
[...] dejó de pronto Augusto la baraja sobre la mesa y preguntó:
–Di, Domingo, cuando un hombre está enamorado de dos o más mujeres a la vez, ¿qué debe hacer?
–¡Según y conforme!
–¿Cómo según y conforme?
–¡Sí! Si tiene mucho dinero y muchas agallas, casarse con todas ellas, y si no no casarse con ninguna.
[...]–Que a todos nos gusta, señorito, hacer papel y nadie es el que es, sino el que le hacen los demás.
–Filósofo estás...
–Así me llamaba el último amo que tuve antes. Pero yo creo lo que le ha dicho mi Liduvina, que usted debe dedicarse a la política.
–Sí, tiene usted razón –le decía don Antonio a Augusto aquella tarde, en el Casino, hablando a solas, en un rinconcito–, tiene usted razón, hay un misterio doloroso, dolorosisímo en mi vida. Usted ha adivinado algo.
[...]–¡Más, sí! De modo que usted tiene dos mujeres, don Antonio.
–No, no, no tengo más que una, una sola, la madre de mis hijos. La otra no es mi mujer, no sé si lo es del padre de su hija.
–"Y bien, ¿qué? –le preguntaba Augusto a Víctor ¿cómo habéis recibido al intruso?
[...]–¡No le llames así!
–Fue cosa tuya.
–Sí, pero no quiero oírsela a otro.
–Eso pasa mucho; el mote mismo que damos a alguien nos suena muy de otro modo cuando se lo oíamos a otro.
[...]Porque ya sabes lo que suelen decir los padres señalando a sus hijos: «¡Estos, estos son los que nos hacen viejos!» Ver crecer al hijo es lo más dulce y lo más terrible, creo. No te cases, pues, Augusto, no te cases, si quieres gozar de la ilusión de una juventud eterna.
–Y ¿qué voy a hacer si no me caso?, ¿en qué voy a pasar el tiempo?
–Dedícate a filósofo.
–Y ¿no es acaso el matrimonio la mejor, tal vez la única escuela de filosofía?
–¡No, hombre, no! Pues ¿no has visto cuántos y cuán grandes filósofos ha habido solteros? Que ahora recuerde, aparte de los que han sido frailes, tienes a Descartes,Pascal, a Spinoza, a Kant...
–¡No me hables de los filósofos solteros!
–Y de Sócrates, ¿no recuerdas cómo despachó de su lado a su mujer Jantipa, el día en que había de morirse, para que no le perturbase?
–No me hables tampoco de eso. No me resuelvo a creer sino que eso que nos cuenta Platón no es sino una novela...
–O una nivola...
–Como quieras."
Cap. XXIII
[...]"¡una idea, una idea luminosa, Orfeo! Convirtamos a la mujer, que así me persigue, en materia de estudio. ¿Qué te parece de que me dedique a la psicología femenina? Sí, sí, y haré dos monografías, pues ahora se llevan mucho las monografías; una se titulará: Eugenia, y la otra: Rosario, añadiendo: estudio de mujer ¿Qué te parece de mi idea, Orfeo?»
Antolín S. Paparrigópulos era lo que se dice un erudito [...]Su filosofía era la del malogrado Becerro de Bengoa, que después de llamar tío raro a Schopenhauer aseguraba que no se le habrían ocurrido a este las cosas que se le ocurrieron, ni habría sido pesimista, de haber bebido Valdepeñas en vez de cerveza.
[...]–Pero, bien, ¿qué opina usted de la psicología femenina? –le preguntó Augusto.
[...]–Habría que empezar por plantear una primera cuestión y es la de si la mujer tiene alma.
–¡Hombre!
[...]así como cada hombre tiene su alma, las mujeres todas no tienen sino una sola y misma alma, un alma colectiva
[...]–En efecto, la ciencia es comparación; mas en punto a mujeres no es menester comparar. Quien conozca una, una sola bien, las conoce todas, conoce a la Mujer.
......
A modo de comentario
Hay momentos muy divertidos en los capítulos de esta nivola. Para reír con Augusto evocando la imagen de las palabras de Víctor: "cuando anunciándoles Gervasio, recién casado, que se iba con su mujer a pasar una temporadita en París, le dijo: «¿A París y con mujer? ¡Eso es como ir con un bacalao a Escocia!» Lo que le hizo muchísima gracia a Augusto."
Una escena como la vida misma: "mendigo diciéndole: «¡Una limosna, por Dios, señorito, que tengo siete hijos...!» «¡No haberlos hecho!», le contestó malhumorado Augusto. «Ya quisiera yo haberle visto a usted en mi caso –replicó el mendigo, añadiendo–: y ¿qué quiere usted que hagamos los pobres si no hacemos hijos... para los ricos?» « Tienes razón –replicó Augusto–, y por filósofo, ¡ahí va, toma!» , y le dio una peseta, que el buen hombre se fue al punto a gastar a la taberna próxima."
"¡Me parece que sin darme cuenta de ello me voy enamorando... hasta de Liduvina!"
Y las confidencias a su perrillo: "Orfeo! Convirtamos a la mujer, que así me persigue, en materia de estudio."
Hay reminiscencias de detalles y escenas que hemos leído a Sánchez Rojas y a Azorín.

https://www.youtube.com/watch?v=AQdH3NUwGjU
Corazón loco
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