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04 abril 2016

JOSÉ SÁNCHEZ ROJAS - DEL AMOR Y DE LA AMISTAD

DEL AMOR Y DE LA AMISTAD

(Conferencia leída por su autor ante el micrófono de la radio Ibérica de Madrid, a las once y media de la noche del día 13 de julio)
A las mujeres de Vigo dedico esta conferencia en un momento de turbación espiritual.

«¡Buenas noches, mujeres españolas, buenas noches! Permitidme, señoras invisibles, que converse con vosotras unos minutos. Estas noches de julio,

Y de sanos perfumes en las eras,


que dijo el poeta de Castilla, mi pobre amigo José María Gabriel y Galán: estas noches de trojes y de parvas, de espigas que se tronchan al peso de su fruto, noches de sueños y de verbenas, se prestan para la confidencia de oído a oído y de corazón a corazón. Y estas noches de julio, al mismo tiempo -no lo olvido, señoras- noches de dolor para muchas pobres madres que, pendientes de las noticias de Africa, rezan a los Cristos sarmentosos en la soledad de las iglesias españolas por aquel hijo de sus entrañas que defiende el honor de la bandera en las tierras inhóspitas del Riff. No puedo turbar vuestro dolor, madres, con palabras triviales, ni quiero deciros a las que no lo sois aún, galanterías al uso que más que gestos de hombre que ama son contorsiones y piruetas de mico que desea. Ante unos ojos que no me ven, pero ante unos oídos que me escuchan puedo permitirme la elegancia moral de ser sincero. Además, las palabras -os decía no ha muchos días desde esta misma cabina en que yo hablo, un hombre bueno, inteligente y discreto, mi camarada Joaquín Aznar- ya no se las lleva el viento: las recogen las ondas y las meten en nuestros oídos y en nuestros corazones. Si las ondas transmitieran a la vez el silencio con todos sus matices y con todas sus vibraciones, callando me entendería mejor con vosotras. Pero tengo que hablar y quisiera administraros la palabra, fervorosamente y con unción, porque la palabra más que un sonido, es un sacramento. Antes del mundo, fue el verbo, dicen los libros santos, porque antes de hacer Dios el mundo lo nombró: la palabra es el gran misterio antes de convertirse en luz. Las palabras matan y las palabras dan vida. Una palabra os trajo la desgracia y otra os desposó con la felicidad. Somos hijos de Dios, señoras, por eso, porque tenemos palabras, porque un sonido físico pone al descubierto nuestro espíritu, porque la palabra es el escudo que acredite nuestra divinidad y nuestra familiaridad con los dioses.

Si no hubiera palabra, no habría amor tampoco. La palabra de amor, de tan henchida de plenitud como está, es muchas veces trivial y bobita, ya lo sé, pero es así porque encierra silencios que no pueden colmar las deficiencias de nuestro tesoro mental y haces de luz que ciegan nuestra pobre sensibilidad, hecha a las tinieblas. Un "¡te quiero!",  dicho con emoción, es el germen de todo el romancero español, y de la balada alemana, y del endecasílabo toscano. Es la escena del jardín de Verona, cuando Romeo, delante de la sombra blanca de su Julieta, oye el trino de los ruiseñores dentro de su corazón que salta. Un "¡te quiero"!,  susurrado en un minuto de verdad, es Beatriz caminando por el Puente Viejo, es Leonor de Este enloqueciendo al poeta en su castillo de Ferrara, y es Dulcinea del Toboso sorbiendo los sesos a aquel pobre hidalgo cincuentón, amigo nuestro, que se llamó don Quijote, y que al conjuro de una palabra trivial, dió en la flor de pasar los días de turbio en turbio y las noches de claro en claro. Pero un te quiero es mucho más que los sueños de los poetas, porque es también el drama del Calvario y el secreto de nuestra maternidad, y la razón de vuestra vida, y hasta el anhelo, no turbado, de nuestra esperanza y de nuestros sueños.

Y como no hay palabras triviales, señoras mías, quiero que meditéis conmigo en ellas, que los hombres os las decimos torpemente, de corrido, a flor de labio más que a flor de alma, porque en España, ni vosotras sois amigas nuestras, ni nosotros, si prescindimos  de las mujeres familiares, solemos amigarnos más que con hembras libertinas y pasajeras que pasan por nuestro corazón velozmente y sin dejar rastro alguno de luz en él. Vivimos mujeres y hombres en España como hermanos siameses, con las espaldas vueltas y la cabeza y el corazón de espaldas.

Los tenorios son, ante vosotras, por la ausencia de trato, tontuelos tímidos que no dicen dos palabras seguidas con sentido, y las mujeres pizpiretas e ingeniosas de suyo se exhiben ante el hombre, al que no tratan ni conocen, en un plano de falsedad y de gazmoñería que les hacen intolerables y poco gratas a la larga. Así, en lugar de ser colaboradores, somos adversarios, de la clase de encubiertos, que son los peores, y el afecto tranquilo, reposado y sereno de la amistad, se convierte, entre las mujeres y los hombres de nuestra España, en una batalla, donde hacen sus guiños el erotismo y la bestialidad con dessenfreno. Como no nos conocemos, no podemos amarnos. Jugamos a engañarnos y a escondernos, como los chicos, y el que engaña más es el que gana esta pobre y necia batalla de la mentira y de la farsa. Como nos falta a los hombres, por regla general, el contacto con la mujer, somos ásperos, violentos y duros, carecemos de delicadeza y no tenemos esa flexibilidad encantadora, ese segundo pleno que vosotras dejáis adivinar siempre en cualquier panorama espiritual vuestro, por sencillo y primitivo que nos parezca, y como a vosotras, mujeres, os falta también el trato con el hombre, que más que perverso es majadero -muchas de vosotras estáis ya en el secreto- carecéis, a la vez, de cierto matiz de justeza y de ponderación que suele faltaros, de cierta complejidad en el juicio, porque las cosas son mucho más complicadas de lo que parecen, y no sabéis hermanar vuestro instinto maravilloso, vuestro sagaz primer golpe de vista con la reserva en el fallo y la ductilidad en la sentencia. Por no ser amigos vuestros, nosotros carecemos de ternura y porque vosotras estáis siempre en estrategas con los hombres, perdéis las batallas que debiérais ganar siempre, ya que rompéis el fuego en primer lugar, elegís el escenario de la batalla y soleis también armaros de las armas que más os convienen y con las que imagináis hacer los mayores estragos.

El amor que no es hijo de la amistad no puede ser ni sólido ni duradero. El amor que no se basa en el conocimiento ni en la exhibición no es perfecto y sabio amor. Amore d'inteletto, amor de conocimiento, amor de estimación, llama el Dante a su pasión por Beatriz Portinari: pero el Dante conoce a Beatriz de niña,  y es de una familia gibelina, modesta y artesana como él, y sabe, por sus amigos y por las novias de sus amigos, de su pureza y de su modestia, de sus encantos y de su perenne y candorosa niñez espiritual. Don Quijote también conoce mucho a su Aldonza; por eso le regala el trono de la Mancha y la hace princesa en el altar de su corazón.

Durante algunos años, asiste Don Quijote a misa los domingos en la parroquia del Toboso. A la salida ve a la mozallona en el atrio, y al verla suspira fuertemente. Amor de silencio el suyo, se desborda al cabo de unos años, y, la flor, colmada, se trueca en punto de conquista y en gloria de aventuras. Y si pudiéramos explicar, a la usanza humana, el amor de Teresa por Jesús, no lo explicaríamos, a buen seguro, de otra suerte. Jesús y Teresa son, desde muy niños, los mejores amigos de la tierra. Una buena tarde, Teresita, acompañada de su hermano Rodrigo, se desgarra de su casa de Avila, porque desea que los infieles la descabecen para ofrecer su cabecita en holocausto a su Dios. Lo que ocurre es que el buen Dios no tolera ese sacrificio porque necesita de su Amada para poblar a España de palomares rústicos. Y muere, ya vieja, en los brazos de su esposo, cuando florece un almendro raquítico y seco que hay en el jardín del Convento de Alba de Tormes, entre arpas y trompetas celestiales, que tañen y soplan los ángeles y serafines, para celebrar los esponsales de Jesús y de Teresa, en los cielos, por toda la eternidad.

Los grandes amores son maduros y sazonados siempre. Prematuros, mueren antes de florecer; y a destiempo, y pasados de estación, se agotan y pudren en los sumideros del alma. Hay su primavera en el año del corazón, con sus brisas abrileñas, y sus aguas de mayo, y sus auroras de rosa, y sus atardeceres melancólicos y tibios, la primavera se repite muchas veces, muchas, pero ¡ay! del que la deja pasar, sin asentar su brisa en el alma, más de dos o tres veces. Viene de pronto, sin avisar, como un ladrón nocturno, viene de pronto, como ha cantado en su maravilloso libro reciente Nuevas cancioneseste gran poeta que se llama Antonio Machado.
pero se marcha también de pronto sin avisar: lo mismo que llegó. Es inútil que la aprisionemos.

https://www.youtube.com/watch?v=PhBryQj8V20
Antonio Machado (CLIX)
LA PRIMAVERA HA VENIDO  

Los niños, los días soleados, empuñan sus manecitas imaginando que retienen los rayos solares, y lloran cuando no advierten el eco del sol en la palma. Los hombres nos reimos, pero somos como ellos, niños también. Queremos retener una primavera que nos acaricia, pero que estamos muy lejos de merecer, y cuando alzamos los puños airados, y en lugar de una plegaria de comprensión musitamos una blasfemia de odio, la primavera se marcha de nosotros, ágil y risueña como una chiquilla de quince años, para ceder el paso a un invierno turbio y negro, de aguaceros, de escarchas, de hielos y de nieves.

Y es que el amor que trajo esa primavera, era un amor callejero. Lo incubó tal vez el deseo, el deseo se vistió de hembras falsas, y fuimos juguete de nuestra propia bestialidad inconfesada. Advertir, señoras mías, que el amor verdadero no llega pronto, sino por sus pasos contados. Primero, es conocimiento. Estimación después. Más tarde, recreo de presencia, ánsia de comunicación, pérdida de la noción del tiempo...y del espacio. Y, al final, maravilla, divina maravilla, milagro florecido. Mayo perenne y eterna!...¡Ay! Quién no lo ha vivido no ha sido, verdaderamente, hijo de Dios. Porque todo el mundo tiene entonces un sentido nuevo, y nuestro corazón conoce entonces el sentido del mundo, y sentimos sus palpitaciones todas, en nuestro corazón, y la cosa más pequeña, el minuto más liviano, lo colmamos buceando lo infinito en unos ojos o encontrado el misterio de la vida en el silencio de unas palabras que no supimos decir y que no sabremos decir tampoco nunca, pero nunca.

Estos amores de eternidad perduran siempre en nuestro espíritu, sin que seamos desleales con los que vivimos honestamente después, a lo largo de nuestra vida de luchadores. En la vida del hombre más desengañado y más triste hay siempre faros luminosos, hijos de nieve, que son como regatos de agua en un erial o como juncos y bardales de río en la paramera y en el desierto. La madre primero, una amiga nuestra de la infancia, otra mujer –viva acaso- en cuyos amores nos complacemos y deleitamos, con absoluto desinterés, o, mejor todavía con el interés estético con asiste el poeta a la contemplación de un cuadro de infinita belleza. Todos tenemos en el corazón una zona infranqueable a la codicia y al deseo carnal, y esta zona recogerá los paisajes más anchos de nuestra alma, acaso toda ella en toda su integridad, el día en que vosotras, señoras mías, y nosotros, no esclavos, sino compañeros y señores vuestros también, nos amiguemos en amistad leal y profunda, en camaradería discreta y comprensiva, sin reñir batallas donde sólo debemos mirarnos cara a cara, sin avergonzarnos y sin bajar los ojos, entre apretones de manos, cediendo los hombres nuestro brazo de hierro para que sobre él caminéis, libre y amorosamente, por la vida con vuestros sueños y haciéndonos vosotras, mujeres, la merced de vuestra sonrisa, de vuestra piedad, de vuestra tolerancia, de vuestra comprensión, para que nos sirváis de almohada blanda en las horas de reposo y de freno –y también de espuela y de brida- en los momentos de pelea.

Muchas veces pienso que las amarguras de nuestra España no tienen, en el fondo, otra causa que este desconocimiento y esta distinción que reina entre vosotras y nosotros. Somos injustos y crueles porque vosotras no nos ayudáis; sois vosotras frívolas y ligeras porque no os apoyáis lealmente en nuestro brazo para caminar con firmeza. Los pueblos fuertes son pueblo hogar, como Inglaterra.

El home es, para el inglés corriente y moliente, la chimenea y las zapatillas, sí, pero es también para el inglés toda la vieja Inglaterra el home, la casa, el hogar. Francia es más bien un pueblo-salón. Está de tertulia siempre. Necesita el vino espumoso, y la carne fresca, y la causerie chispeante, y el virt que no compromete, y la palabra que se desliza, insinuando demasiado o no insinuando nada. Pero España, esta España de vosotras y de nosotros, esta España de vuestros hijos y de vuestros novios , esta España que vosotras, más que nosotros hacéis, es un pueblo de calle. Y es espantoso, frívolo y teatral. Pongamos toda nuestra nobleza en él para que no se nos vaya de entre las manos, como de las manos de los niños se escapan los rayos de sol.

Y ahora, señoras mías, ¡perdón y buenas noches! Mis palabras tal vez han sido duras, porque son palabras de amor, os lo aseguro. ¡Perdón y buenas noches, señoras mías!»

A modo de explicación


Vemos que José Sánchez Rojas tiene temas a los que vuelve de alguna manera en todos sus escritos. La obra de Cervantes, está siempre presente.
Estaba al día de todas las novedades literarias. En diversos escritos habla con admiración y cariño de la poesía y de la persona de Antonio Machado.
Además de sus siempre trabajos excelentes como cronista, en el año 1923 José Sanchez Rojas había publicado 'Tratado de la perfecta novia' y en sus páginas prometía -para un futuro- el 'Tratado del perfecto amor'. No llegó a publicarlo, si bien en cada uno de sus textos es casi imposible no descubrir la importancia que daba a este sentimiento en su vida.
La situación política en ese año 1924era preocupante, pero, como sabemos, también requería una llamada de atención para la imagen que devolvía la sociedad de nuestro país respecto a las relaciones entre hombres y mujeres.
Nota:
(He intentado transcribir el texto tal y como apareció publicado, respetando hasta alguna incorrección. )     
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https://www.youtube.com/watch?v=b5A8WlSTa48
Palladini e Gargano - Donne ch'avete intelletto d'amore - 
(El texto es de Dante Alighieri)
(imagen "Dante y Beatriz, pintura de 1884 realizada por el pintor Henry Holiday)
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Para saber más de José Sánchez Rojas:


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25 febrero 2016

JOSÉ SÁNCHEZ ROJAS - CERVANTES - EL ESPÍRITU DEL QUIJOTE


LAS MUJERES DE CERVANTES
Autor: JOSÉ SÁNCHEZ ROJAS
(En el PRÓLOGO: 'Al que leyere' : Mayo 1915)
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Artículo: 'LA VANGUARDIA' 25 de Diciembre de 1915 -página 11

GLOSAS CERVANTESCAS I 
El espíritu del Quijote

"El espíritu del Quijote ¿Cuál es el espíritu del Quijote? ¿Qué se propuso Cervantes al escribir su libro? ¿Obedeció á un plan preconcebido, á una tesis inicial? Nos parece que bien vale la pena de escribir sobre este tema en el número extraordinario que dedica LA VANGUARDIA á la conmemoración del tercer centenario de la muerte de Miguel de Cervantes.
Sobre el Quijote, sobre la Divina Comedia, sobre los dramas de Shakespeare, se han hecho toda suerte de cábalas y de suposiciones. Esos libros han sido siempre la Biblia de todos los textos, la justificación de todos los credos literarios, el santo y seña de las innovaciones más peregrinas. Cervantes y el Alighieri y Shakespeare han sido sucesivamente clásicos, románticos, naturalistas, simbolistas, veristas, humanos y divinos. Han sido el patrón eterno de todas las modas. Han sido el lábaro de todos cuantos han agitado una idea con visos de novedad. Han servido de pantalla á todos los que se atrincheran en posiciones conservadoras y de municiones para los ataques de todos los revolucionarios. Y unos y otros han tenido siempre razón. Estos autores — el castellano, el toscano, el inglés — han resistido á todo intento de clasificación, esto es, de limitación de las gentes y nos han advertido de la torpeza que se comete al querer encastillar la expansión del espíritu en los calabozos deleznables del tiempo y del espacio.
¿Qué se propuso Cervantes al escribir su libro? Posiblemente, no se propuso nada más que escribir, borrar sus amarguras con las fiestas de la imaginación, ocultar sus dolores íntimos bajo el manto diáfano de la fantasía. Y él fue escribiendo, escribiendo, á salga lo que saliere, y se fue encariñando, identificando con los hijos de su ingenio, y advirtió que su obra estaba bien, y lo que comenzó por un deleite estético acabó por una confidencia dolorosa. Debajo del escritor, está el hombre; debajo de la ficción literaria, vive, palpitante y fresca, la realidad del dolor; en los sueños, de Alonso Quijano el Bueno se descubren los girones de los sueños del propio Miguel de Cervantes; á través de las aventuras caballerescas y escuderiles del buen hidalgo y de su edecán inseparable, se percibe la huella da un hombre que sufre, que es incomprendido, la necesidad de la afirmación de un alma, que para llamar la atención sobre sus anhelos, cubre sus pantorillas con cascabeles.
Todo hombre vulgar que lee el Quijote celebra seguramente las burlas de que es objeto el buen caballero; todo hombre que ha presenciado la muerte de algún ideal querido, compadece y comprende las torturas del pobre don Alonso. Un tendero se ríe de Dulcinea y un espíritu delicado no soporta el tufillo que desprende Aldonza Lorenzo. Quiero decir que en el Quijote hay argumentos para todos los gustos; que con el libro en la mano podemos defender la codicia de Sancho y con él en la mano también podemos arbitrar toda suerte de recursos mentales para apadrinar el loco desinterés, la ausencia de realidad del Caballero de la Triste Figura. Ese libro es, en suma, un fragmento de vida humana, que ha pasado por los más complejos estados cordiales é intelectivos, en el que han quedado huellas de las ideas más contrarias y heterogéneas.
Cervantes admira unas veces á Don Quijote y otras se burla de él; Cervantes nos habla de un Sancho cazurro, socarrón, interesado, y á medida que va desarrollando la trama de su ficción, le va contagiando poco á poco de los ensueños de su señor. Don Quijote va dejando sus sueños en los zarzales del camino y se va contagiando de realidad, hasta que se abraza á ella enteramente en la hora de morir. En esta lucha épica entre el espíritu y el ambiente, las dos figuras van perdiendo su relieve inicial, cobrando otros matices bien distintos. Sancho se va quijotizando á medida que Don Quijote va bebiendo en la amarga fuente de la vida. Don Alonso es caballero, y luego pastor, y á la hora morir, quiere ser, á secas, aquel Alonso, estimado de sus convecinos, á quien sus costumbres le dieron el sobrenombre de Bueno. Y pensamos, al cerrar las páginas finales de la novela inmortal, que Sancho se ha trocado en caballero andante y que, al contagio de la locura heróica de su señor, ha de buscar una dama andante ó ha de revestir á su muier — Teresa — de las prendas de las más altas y linajudas princesas del mundo de los ensueños de nuestro pobre corazón, sediento de ternuras. Cervantes encarna en las dos figuras centrales de su epopeya, las fuerzas de cuya ponderación depende el sosiego de la vida. Nuestros sueños han de nutrirse de frutos de realidad. Nuestra realidad ha de ir envuelta en la neblina azul de nuestros sueños. Debemos, sí, aspirar al mundo de los ensueños, pero es yendo antes á la conquista de la realidad. Sueños que no se viven; antes destrozan que fortalecen el espíritu. Realidades que no se sueñan, que no se ganan, á las que no nos damos con toda la generosidad de nuestro corazón, dejan el alma insatisfecha y dolorida.
¿Qué se propuso,—tornemos á repetir,— Cervantes al escribir Don Quijote? ¿Cuál es el espíritu, la tesis inicial, el pensamiento central,—que dicen ahora los sociólogos,—de la obra de Cervantes? ¿Encarnó en Don Quijote la fuerza del entusiasmo y en Sancho Panza la incomprensión ambiente? Advirtamos que estos personajes, tan reales, son, sin embargo, dos aspectos distintos de consideración ante la vida. El genio estriba precisamente- en haber encarnado en dos hombres dos posiciones, no tan opuestas como parece, del espíritu humano frente á la realidad, de cuya fusión brote el pleno sosiego, la seguridad en nosotros mismos, la conciencia de nuestra limitación, de nuestra resignación y de nuestro sacrificio ante las cosas.
Don Quijote amó á Dulcinea, ficción caballeresca, sombra de mujer, idea más que carne de ensueño; es decir, Don Quijote—diga lo que quiera el señor Unamuno de los amores contenidos y castos, de los que sólo se sustentan de miradas y de deseos que no han de realizarse,—no amó. Más sabía Sancho de mujeres, con saber solamente de su Teresa, que el pobre don Alonso, que no sacrificó sus aventuras á la paz de un hogar y al reposo que sigue á la renunciación de nuestros ensueños impracticables. Y no logró cosa alguna de sus propósitos descentrados; nadie le hizo caso; nadie comprendió el ardor que ponía en sus empresas generosas. Y con nadie pudo compartir sus torturas y sus anhelos.
Muchas veces he leído Don Quijote. En los momentos más opuestos de mi vida espiritual. Con el corazón deprimido y con el corazón rebosante de confidencias. No hace aun tres meses que lo cerré, despues de repasarlo con toda calma para ciertos menesteres editoriales, y se dijera que acababa de reñir con Don Quijote de reconcilirme con Sancho, de sentir piedad por los bachilleres, hasta de manifestar ciertos deseos de fingidas zalemas ante los duques.
Y es que veía, que comenzaba á ver al héroe de la Mancha á través de los primeros sueños perdidos de mi juventud. A través de mis 30 años, contemplo hoy el espíritu del Quijote. Y después de topar con los yangueses, de desatar á los galeotes, de conocer las maritornes de las ventas, no siento deseos—¡Dios mío!—de redimir doncellas equívocas, viudas incomprendidas, de soltar por las calzadas á foragidos, de rogar á los yangueses que confiesan que su ensueño es el más hermoso de todos. Mi mundo es mi huerto, y tu mundo es tu huerto, lector, y nuestro deber es cultivarlo, sin pensar en los huertos vecinos. No es la fórmula del egoísmo; es la conciencia de la limitación.
El mundo es ancho; todos los caminos nos solicitan á la vez; no dejemos al Rocinante de nuestra impaciencia que vaya por donde guste; refrenémosle—solamente Dulcinea—que no el ventero puede armarnos caballeros andantes. Queremos la vida; hundámonos en ella; pongamos todos los amores en un solo amor en una sola mujer. Reduzcamos todas las aventuras á una sola á la de huir del renombre, de la fama, que es cosa transitoria. Ganemos nuestra alma, hurtémosla á las solicitaciones del ambiente, y cuando la vida sea dura, cuando el Bachiller nos incite á la polémica, cuando los yangueses se burlen de Dulcinea, refugiémonos en unos ojos claros. Hagamos feliz enteramente á uno solo antes que medio felices á todos. No dejemos nacer en nuestro corazón iniciativas que se malogren. No nos azotemos en Sierra Morena por sombras de ficción. Pongámonos á bien con nuestra alma, para ser caballeros y cristianos.
Así veo el Quijote hogaño; un poco lúgubremente, un poco tristemente quizás...."
JOSÉ SÁNCHEZ ROJAS

- A modo de explicación - 

Durante el año 1915, José Sánchez Rojas publicó en LA VANGUARDIA, de Barcelona, una serie de preciosos artículos sobre Cervantes y 'El Quijote', que él tanto había leído, pero también sobre la importancia de 'Las Novelas ejemplares', y el resto de la obra del gran escritor.
He querido comenzar, transcribiendo el texto como apareció en sus páginas el día de Navidad. Iré marcha atrás, en sucesivas entradas, hablando de los anteriores. Veremos que -en el fondo de todos-, espera la seguridad de un lector, que no siempre le demostró su aprecio en justa correspondencia: su profesor D. Miguel de Unamuno.
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https://www.youtube.com/watch?v=e-iS3Gku-S4
Chopin
Balada para piano n.º 3
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(Se me ha ocurrido acompañar con esta música, pues José Sánchez Rojasen  su librito Mercedes, publicado 21 junio 1923, escribe, cap.V:[Mercedes]"Unas veces se sentaba al piano y revivía los sueños serenos de Beethoven o las angustias trágicas de Chopin con religiosa unción")
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Para saber más de José Sánchez Rojas:
Blog de Gerardo Nieto: 'ENTRE EL TORMES Y BUTARQUE'  

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